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Midnight Sun - Creando un nuevo mundo

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Grian - El sueño de un nuevo mundo

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Más allá del arco iris

Ediciones Obelisco

 

 

 

 

 

EL ROBLE (Fragmento)

La luz de la tarde se filtraba por entre las laderas de las montañas recortándolas contra el cielo y dándoles la apariencia de descomunales dragones. Los rayos del sol se miraban en el espejo del lago, y adoptando la forma de deslumbrantes gusanos de luz danzaban al compás del rítmico movimiento de la superficie del agua.   

            —Mmmm... mmmm... mmmm... 

            Amadán abrió los ojos estupefacto. 

            —Mmmm... mmmm... mmmm... 

            El viejo Roble estaba tarareando una antigua melodía que alguna vez él había escuchado a sus mayores. 

            —No sabía que los robles cantaban —dijo Amadán volviéndose de nuevo hacia el árbol. 

            —¡Oh, si! —respondió éste con una voz profunda después de interrumpir su canto—. Los robles cantamos para dormirnos cuando el invierno está muy cerca. 

            Y continuó con su melodía. 

            —Mmmm... mmmm... mmmm... 

            —El caso es que tu canción me suena... —volvió a interrumpirle el muchacho. 

            —¡Oh, si! —le respondió el Roble—. Es una vieja canción de los robles, la que más cantamos cuando llegan estos momentos del año. Probablemente, algún antepasado tuyo fue capaz de entender el lenguaje de los árboles y de los animales. 

            Y retomó los sones de su melodía. 

            Amadán no supo qué le ocurrió. Aquella canción... la serenidad y la sencillez del gigantesco y antiquísimo árbol... la luz del sol en el atardecer... 

            Se levantó y se aproximó hasta el inabarcable tronco del Roble, y sin mediar palabras abrió los brazos y lo abrazó hasta donde la longitud de sus extremidades se lo permitía. Luego, pegó su mejilla al tronco y cerró los ojos. 

            El Roble dejó de cantar. Se hizo un silencio denso y cerrado en el bosque. 

            Una profunda paz invadió el corazón de Amadán, y algo dentro de él pensó que jamás había sentido una paz así. 

            Perdió la sensación de su cuerpo. El viejo Roble y él eran uno... Uno... en la paz... 

            en una paz inenarrable... 

            en una... 

 

 

 

 

            —Mmmm... mmmm... mmmm... 

            Fue como si despertara de un profundo sueño, y Amadán pensó que debían de haber pasado muchas horas. Posiblemente sería noche cerrada. 

            Abrió los ojos y se sorprendió al ver que la luz de la tarde seguía siendo la misma que cuando se abrazó al Roble. 

            Se separó lentamente del tronco, dio unos pasos hacia atrás, y muy suavemente dijo: 

            —Roble, ¿cuánto tiempo he estado abrazado a tu tronco? 

            El Roble detuvo de nuevo su melodía. 

            —Sólo unos instantes —fue la respuesta. 

            —Me ha parecido una eternidad —murmuró Amadán mientras se pasaba la mano por la frente. 

            Se escuchó algo parecido a una risa ligera. 

            —En el reino de la paz no existe el tiempo —dijo en un murmullo el árbol. 

            «En el reino de la paz no existe el tiempo», repitió una voz en el interior del muchacho. 

            —Roble, ¿de dónde viene tu paz? —preguntó esta vez con un nudo en la garganta. 

            Silencio. 

            —Mi paz viene de la ausencia absoluta de deseos —oyó por fin su voz en el bosque. 

            —Jamás pensé... 

            Amadán no encontraba palabras para expresar lo que había sentido. 

            —Los árboles por no desear ni siquiera deseamos movernos —continuó el Roble—. Nos basta con la vida que sentimos dentro y fuera de nosotros, con el rumor del bosque, con el murmullo de los pájaros a los que damos cobijo, con las cosquillas de las ardillas sobre nuestra piel de madera, con la caricia del viento y del sol, con el baño plácido de la lluvia... La Vida nos lo da todo, nos da todo lo que podemos desear y necesitar. Para qué perder la paz con necesidades ficticias, con quimeras y espejismos... 

            »A mi me basta con contemplar el lago. Mes tras mes, estación tras estación, año tras año, siglo tras siglo... el lago siempre está ahí, hablándome de todos los que nos asomamos a su espejo resplandeciente. Montañas, bosques, nubes, estrellas, soles y lunas, todos pasan por el gran escenario de su superficie... a todos los contemplo... en todos pongo mi gozo... 

            »Desde este mismo lugar, a lo largo de los siglos, lo he contemplado todo. Y como puedes comprender, muchacho, no puedo desear nada más.» 

            Y muy, muy lentamente, desde algún lugar del mundo de sus sueños, el joven aún le oyó decir: 

            —De ahí proviene mi paz, Amadán. De ahí proviene... 

            Y luego sólo un susurro con el ritmo de una antigua melodía. 

            —Mmmm... mmmm... mmmm... 

 

            Todo era silencio en el alma de Amadán. 

            —Hasta la próxima primavera, viejo Roble —dijo en un murmullo, por no turbar el sueño del gigante.

Más allá del arco iris, de Grian

 

 

 

 

 

 

Precio: 5'50 € 

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