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Midnight Sun - Creando un nuevo mundo

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Grian - Website oficial del autor del bestseller El Jardinero

 

 

El sabio enamorado y el jardín del Califa

Editorial Almuzara

 

 

 

 

 

            El rumor de unos pasos le hizo volver de pronto la vista hacia la entrada de la balconada. El mensajero que hubiera enviado a la huerta de Yanna al-Mayuriga en busca del jardinero de Bagdad volvía ya, pero regresaba solo, sin la compañía del viejo hortelano.

            Abderramán le miró extrañado, alertado por el gesto de confusión del joven mensajero.

            —Habla —le ordenó el califa con impaciencia.

             —Mi señor —balbuceó el mensajero—, el viejo jardinero de Yanna al-Mayuriga se niega a obedecer vuestro mandato; se niega a venir ante vuestra presencia, señor. 

            Abderramán levantó una ceja, pero no perdió la compostura ante tan osada actitud.

            —¿Y qué explicación te ha dado para negarse a venir? —preguntó tranquilo el califa. 

            El mensajero bajó los ojos, atemorizado por el efecto que sus palabras pudieran tener en su señor Abderramán Al-Nâsir.

            —Mi señor, di... dice —trastabilló el joven— que no puede complaceros ahora —y se detuvo, dudando cómo proseguir—; qu... que tiene una cita con alguien más notable que vos. 

            Abderramán frunció el ceño, y el mensajero pensó por un momento que el califa iba a saltar sobre él en un acceso de cólera. Pero, para su sopresa, Abderramán se echó a reír a carcajadas. 

            —¡Maldito jardinero! —exclamó entre risas—. ¡Que Allâh lo confunda! ¡Nadie en todos mis dominios se habría atrevido a hacer algo así! ¡Demonio de hortelano!

            Cuando calmó su hilaridad, con los ojos empañados por la risa, reflexionó en voz baja: 

            —Debo estar haciéndome viejo. Si alguien me hubiera respondido eso hace unos años, lo habría mandado a decapitar de inmediato, y habría colgado su cabeza en la puerta de la Azuda.

            Al oír esto, el mensajero se atrevío a intervenir. 

            —Sss... Señor... ¿Queréis que llame a Abú Imrân, el verdugo, y os traiga su cabeza en una bandeja? 

            —Entonces, ¿cómo se alcanza la felicidad duradera? —insistió la jóven con visibles muestras de impaciencia. 

            Abderramán miró divertido al joven. 

            —No. Déjalo —respondió—. Ve y dile al hortelano que esta tarde iré yo a verle a él —y añadió con una sonrisa irónica—: A ver si me concede el honor de presentarme a tan magnífico personaje, con quien vedado me está competir. 

            El mensajero se puso una mano en el pecho e, inclinándose ante Abderramán, se retiró caminando de espaldas. Pero, antes de que desapareciera por el umbral de la puerta, el califa, algo más serio, le dijo: 

            —No le cuentes esto a nadie, o en lugar de su cabeza será la tuya la que cuelgue de en la Azuda. 

            El mensajero abrió los ojos aterrorizado y, afirmando nervioso con la amenazada cabeza, prosternose aún más si cabe, y siguió reculando hasta desaparecer de la vista de Abderramán. 

            A solas de nuevo, Al-Nâsir volvió a reír, esta vez de forma más discreta. Le resultaba divertido que un humilde hortelano hubiera tenido la valentía, la enorme osadía, de tratar así a uno de los más grandes soberanos de la tierra. 

            —En verdad que tiene valor —dijo para sí en voz baja—. Ese viejo bagdadí debe ser un demonio, un yinn salido del desierto de Siria. 

El sabio enamorado y el jardín del Califa, de Grian y Manuel Pimentel

 

 

 

 

 

 

  

Precio: 15'00 €

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